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Los celtas pensaban que el hombre poseía un alma inmortal que pasaba de un cuerpo a otro. No tenían miedo a la muerte. Al morir, el alma pasaba un período de tiempo más o menos largo hasta que se alojaba en otro cuerpo.
Así, en esa otra existencia, el muerto dejaba de sufrir dolor, no enfermaba ni envejecía. Se celebraban banquetes, bailes y se hacía el amor con bellas parejas.
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El más allá consistía en una especie de cielo situado en alguna isla del Atlántico (para algunos la Isla de Avalón) a la que llegaban navegando. Una vez en este paraíso el tiempo se paraba.
El dios de la muerte para los irlandeses era Don. A principios de noviembre celebraban la fiesta de Samhain. Pensaban que para esas fechas, el límite entre el más allá y el mundo era muy débil y que podían pasar seres de un lado a otro.
Los galeses veían el más allá como una especie de infierno en el que un caldero mágico les regeneraba.
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Los árboles eran un símbolo de resurección, eran la unión entre la vida y la muerte, entre la tierra y el cielo.
Mediante su observación, los druidas podían predecir el destino de las personas.
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