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A través de los Pirineos llegaron a la península
Ibérica algunos pueblos indoeuropeos, celtas o celtizados. Las invasiones se
prolongaron durante mucho tiempo, con lo que afectaron a todas las zonas.
A partir del siglo V se comenzó a mostrar
claramente, a excepción del territorio ocupado por los vascones, una zona
mediterránea de cultura ibérica y otra de cultura celta que se extendía por
todo el oeste.
Los invasores se iban uniendo con poblaciones
anteriores. Así nos encontramos con tribus como: celtici, compsi, heribraces,
vaccei, gallaeci, vettones, nervii, cantabri, etc. Entre sus ciudades aparecen
nombres con terminaciones típicamente célticas: Segóbriga, Attacum, Bisuldunum
y otras.
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La población de un territorio se dividía en tribus, y
éstas, frecuentemente, en gentilidades. Las tribus más belicosas opusieron una
fuerte resistencia a los conquistadores romanos manteniendo la resistencia
durante casi dos siglos. Se contó para ello con un gran héroe celta: el
lusitano Viriato.
No hay duda que Viriato poseía madera de héroe.
Cuando ya se estaba produciendo la invasión romana de la península, Viriato se
convirtió en jefe de las tribus lusitanas que se sublevaron. Para disponer de
una mayor capacidad de maniobra llevó el grueso de su ejército a una zona
situada entre el Tajo y el Guadarrama. No tardó mucho en apoderarse de
Segobriga (Cuenca). Fue Fabio Máximo Emiliano el que derrotó a Viriato en el
año 140 a.C. y, luego, le obligó a firmar un tratado de paz. Un año más
tarde, Viriato sería asesinado por tres traidores pagados por Roma.
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Con los celtas adquirió una gran importancia la
minería, lo que permitió la explotación de infinidad de yacimientos, sobre
todo de oro, hierro y sal. La mayoría de las tribus
no tenían un espíritu sedentario, ya que preferían permanecer en un constante
movimiento, que en muchas ocasiones les forzaba a vivir del saqueo y del
pillaje. La gran actividad de estos hijos de la Tène
les llevó hacia las regiones del noroeste, sobre a todo a Galicia. El verdor de
sus campos, la gran cantidad de minas, las costas marinas, los dólmenes y
menhires y las gentes, todo esto, y más, les invitó a quedarse.
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Aunque no hay pruebas de que hubiera druidas en
Galicia, después de ver sus creencias y costumbres se llega a la conclusión de
que sí que existieron. Pudieron llegar por el mar o seguir la ruta esotérica y
mágica, que luego se llamaría "camino de Santiago",
cuando ya llevaba siendo un sendero recorrido por infinidad de gentes amigas del
misterio y, especialmente, fascinadas por esas costas que miraban a un océano
donde se acababa el mundo porque la tierra se hacía agua hasta límites
infinitos. El celta había sido muchas cosas además
de cazador; sin embargo, en la península Ibérica se aficionó a perseguir al
jabalí y al toro salvaje. En el Duero y el Sistema Ibérico se desarrolló lo
que se ha dado en llamar la Cultura de los Verracos, debido a la infinidad de
monumentos de tosca belleza que esculpieron los celtas, como los
famosos Toros de Guisando. En estas regiones los celtas
construyeron castros o viviendas situadas en atalayas. Con el paso del tiempo,
estas viviendas fueron ampliadas, adquirieron una forma rectangular, se las
cubrió con una techumbre de paja y se las proveyó de un gran hogar, un horno y
un molino manual.
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Dentro de las tribus se copió materialmente la
organización social que había mantenido en el resto de Europa. La familia
celta que pobló Galicia vivía sobriamente, no contaba con esclavos y
convertía los momentos festivos en acontecimientos. Le gustaba bailar, cantar o
recitar poesías al son de la flauta y las trompetas.
Se cree que el celta de estas tierras intentó
repetir lo mismo que hacía en la Galia, por eso las llamó Galicia: pero en
seguida se dio cuenta de que se hallaba en un lugar muy distinto. Esto le llevó
a ir variando sus costumbres, sobre todo al encontrarse con la gran puerta que
era el mar. Los celtas gallegos eran los de más viva voz, pues soltaban
unos alaridos estremecedores, que ni siquiera acallaban en el fragor de la
batalla.
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El celta de Galicia practicaba una religión
naturalista. Adoraba al Sol, a las estrellas, a la Luna, al mar, a los ríos, a
las fuentes, a la tierra, al fuego, a los bosques y a la montaña. Isis
era la Diana celta, no obstante, la diosa principal era Antubel,
representante de la noche, de las sombras, enemiga de la luz y del sol, jefa de
las meigas o de las druidesas, y la que mejor conocía la ruta que
lleva a Finisterre, "al fin del mundo".
La mayoría de estos dioses, unido a las costumbres
y creencias que generaron, fueron adaptadas por el cristianismo, de tal forma
que nos han llegado con otro vestido, cuando en su esencia continúan siendo
celtas.
Siguiendo el culto del sol marchaban los peregrinos
a Finisterre, obedeciendo a la vieja tradición céltica del Ara solis
de llegar hasta el Cabo sagrado. Allí se adoraba al sol naciente. Para el sol
poniente se iba al Nerio. Los celtas que vieron
Finisterre como la prolongación de la vida terrenal, consideraban que la mujer
era tan importante como el hombre. Es posible que conocieran a algunas druidesas,
que los sacerdotes cristianos terminaron por confundir, intencionadamente, con
las brujas. Prueba de que se temía la importancia de la mujer la tenemos en
concilio de Zaragoza, celebrado en el año 380, ya que prohibió a cualquier "hembra
que se juntara con otras para aprender o enseñar".
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