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La tierra, el agua, el barro, que hasta se lo encontraba hecho,
fueron sin duda los primeros elementos de que el hombre echó mano
por pura y elemental necesidad, y es natural que a través del tiempo
sigan siendo sus más fieles compañeros, sus constantes auxiliares,
los que aún enterrados se conservan indefinidamente y los que le
acompañarán hasta el fin.
El conocimiento y el ingenio del hombre, acuciados por la necesidad,
han ido transformando sus obras hasta increíbles grados de perfección,
sin que por eso desaparezcan, si bien hayan decaído mucho, aquellas
otras más rústicas de que el hombre se ha venido sirviendo
desde los tiempos más remotos. De estas últimas tuvo la Mancha
tierra seca y de cuevas abundante producción en sus alfares,
que aún hoy nos ofrecen estampas, de indudable origen árabe,
empezando por el nombre, que no ofrece dudas a este respecto. Cualquier
alfar y las casas donde se hallan instalados, nos trae el recuerdo de las
viviendas moras, sin apariencias, limpias, claras, rutilantes, llenas de
rincones y escondrijos en su contorno adecuados a su necesidad, sin más
comunicación ni entrada de la luz que la puerta, y todo ello emplazado
en patios y corrales más o menos amplios, de paredes bajas y derruidas,
bien encaladas, que vistos en conjunto desde la altura de los montículos
de los hornos, semejan un todo común con apartamentos y separaciones
convencionales.
No puede sorprender el dicho de que el hombre está hecho
de barro y a la verdad que viendo la taumaturgia del alfarero se queda
uno meditando en la posibilidad y espera que del fondo del ánfora,
tan tiernamente acariciada para modelarla, pueda salir revoloteando la
paloma misteriosamente vivificada, la palomita que será acogida
en el hueco de las manos sin más presión que la indispensable
para contener su aleteo y que no se escape.
El modelar del alfarero es un ademán mimoso de ternura.
La rueda, accionada a pie, no necesita fuerza. Las manos, en actitud acariciante,
abrazan la pella humedecida levemente en su superficie con los dedos de
la mano derecha, que sumerge en una cazoleta llamada albañal que
tiene orilla, humedad que basta para darle a la masa la suavidad indispensable
en los primeros giros de la rueda y que la pella tome la forma de huso
y que las manos, en tenues contactos con la masa que adquiere entre los
dedos increíbles cualidades de plasticidad, nos ofrezcan en cinco
minutos la pieza perfectamente modelada, como si estuviera hecha de molde.
Es sublime cuanto simple el arte del alfarero y maravilla ver
surgir de entre sus manos, que se adivinan blandas y suaves, la figura
que modelan en cuestión de unos instantes y separan de la masa cortándola
con un hilo de carrete del veinte, que es el que menos se deshilacha. La
pella, una vez puesta en la cabezuela, más que trabajada es acariciada,
como prenda de un juego de prestidigitación que vemos surgir maravillosamente
de unas manos que a fuerza de trabajo adquirieron esa dificilísima
facilidad que nos deja asombrados.
El alfarero tiene siempre alrededor de sí y en todas las
habitaciones de su patio, que le vienen cortas, un mundo de cacharros en
diferentes puntos de su preparación, unos oreándose en espera
del momento preciso para agregarles piezas complementarias en el instante
justo que se pegarán formando un solo cuerpo que antes se romperá
que desprenderse, otras secándose, cocidas, crudas, para bañar
o para la venta. Pero tratemos de puntualizar su obra tal como él
la entiende, que es sin duda la mejor manera de entenderla y como debe
quedar en nuestra historia.
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