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Las cantareras más sobresalientes de la comarca de La Mancha
son las cantareras de Mota del Cuervo. La cantarería de la Mota,
ejecutada exclusivamente por unas mujeres maravillosas, trabajadoras y
buenas, que atienden esta labor durante toda su vida, a la vez que cuidan
de su casa y crían a los hijos alrededor del rodillo, que es como
se enseñan, con la ayuda progresiva a la madre hacendosa. Espléndida,
extraordinaria ejemplaridad la de la cantarera moteña, recluida
siempre en un rincon y nunca ociosa, dando ejemplo perenne de honestidad,
laboriosidad y amor santo a las buenas costumbres, conformidad con las
obligaciones de la vida, aceptadas de grado y con buen humor y renuncia
espontánea de los atractivos mundanos. Es admirable contemplarla
en cualquier portalete de su casa ensimismada en su trabajo, sola, urdiendo
cántaros o macetas, una tras otra, que va dejando a su alrededor,
como crías desprendidas de su seno en una maternidad multiforme
y continua, que lejos de esquilmarla, la mantiene frondosa e ilusionada,
porque se recrea en su obra.
Aún siendo a mano, el trabajo de la cantarera difiere del
ollero, como difiere el rodillo del tabanque, pero ambos artesanos se concentran
y se les ve el cuidado y la idea con que ejecutan el trabajo, más
el alfarero, que pone en juego su cuerpo, sus brazos y manos en un movimiento
de elevación a pulso y expresión forzada de su rostro, de
los que sale la figura como creada por divina inspiración, para
retocarla con sosiego después. La cantarera no se estira, se acocla,
se agacha y se ensancha como gallina que empolla, remete y voltea la obra
hasta que la forja, pero ninguno de los dos deja de estar atento a lo que
hace ni procede con descuido en ningún momento de su creación.
Maravilloso arte y asombrosa mujer la cantarera, que merece un monumento
en la plaza de la alfarería moteña, aunque es seguro que
lo tiene en el corazón de cuantos conocen y admiran sus cualidades.
La cantarera de la Mota no tiene alfar, y toma la cantarería
como una de las obligaciones domésticas, aunque tan principal, que
es el verdadero sostén de la casa, y de hecho es lo que domina y
se encuentra por todos los rincones del hogar.
Su trabajo lo hace en cualquier rincón, pero la obra cunde y
llena hasta el cuarto de dormir. No hace tanto barro como el alfarero y
lo puede tener cerca del rodillo, en el hueco de la escalera próxima
o al entrar de cualquier habitación para que no se enfríe.
Cualquiera se hará cruces de lo perdidas que deben tener las
casas con tanta tierra y barro por todas partes, pero es un error, las
casas de las cantareras, como las de los alfares todos, están limpísimas,
recuidadas por verdaderas mujeres de su casa, porque este barro no mancha
y se nota lo que hacen, como se nota en los hornos del pan que andan con
la harina, pero no por la suciedad, sino por el colorcillo que toma todo.
Y en el caso de la cantarera todavía menos, porque no cuece en su
casa, ya que el horno es lo que más ensucia.
La tierra seca la machaca en el suelo con un martillo, y cuando la tiene
bien molida la echa en agua en una pila como la de dar agua a las mulas,
que tiene en el mismo patio. Cuando la traen de los barreros la extiende
a secar para machacarla mejor. La tiene en agua un día, la saca,
la extiende en el suelo y la pisa, función en la que suelen tomar
parte los chicos, que lo hacen descalzos, como es natural, y tomándolo
a juego, pero si no ella misma. El barro no se saca de cualquier forma,
sino que se repella, se hace pellas, que es recortarlo para amontonarlo
y esgorullarlo, que es quitarle los gorullos, caliches y chinas, se pisa
bien y se corta para hacerlo rollos y urdirlo. Esgorullar consiste en apretar
y desmenuzar el barro con las manos y quitarle los cantos. Al acto de amasar
el barro por última vez para utilizarlo, la cantarera le da el nombre
de sobar el barro.
Cuando el cántaro está hecho se boca y se enasa, que es
ponerle la boca y el asa, momento delicado, no sólo por la habilidad
precisa para hacer estas partes, sino por el punto en que se ha de coger
el barro para que pegue formando cuerpo y para que el casco soporte el
peso, porque si no tiene el punto de dureza necesario, se ringa, que es
deprimirse, desplomarse o hundirse.
El soporte de que se sirve la cantarera para colocar su obra se llama
rodillo, que es como una banqueta de unos dos palmos de alta, formada por
dos palos cruzados arriba y dos abajo, sostenidos por otros cuatro, que
les sirven de columnas, apoyados en los extremos de los cruzados. En los
entrecruzamientos de arriba y de abajo, justamente en su centro, lleva
una perforación para meterlo en el husillo, que está fijo
en el suelo, y sobre el cual gira el rodillo cuando lo impulsa la cantarera.
Sobre la cruz de arriba lleva una tabla, en cuyo centro, como primera parte
del trabajo, se extiende una capa de ceniza traída del rastro del
horno, para evitar que el cántaro se pegue a la tabla y tenerlo
que cortar para separarlo. Sobre la ceniza coloca la torta de barro que
será el culo del cacharro y sobre el contorno de la torta comienza
la urdimbre de la vasija, llevando la mano izquierda por dentro y la derecha
por fuera, cargada con el rollo de barro del grosor que requiera la obra.
No le fallan a la cantarera ni el grosor ni la inclinación de las
paredes que han de darle su capacidad a la vasija, tanto al ensanchar como
al menguar después de hecha la panza ni la consistencia del barro
para que no se ringue.
(Hay que tener presente en adelante, que el texto se redactó
en 1972.)
Cada maestrillo tiene su librillo y cada lugar su maña y habilidad.
En la Mota, el que tenía un buen barrero, que es como el que tiene
una cantera o una mina, se dedicaba a sacar la greda y portearla con su
carro y su borrico, distribuyéndolo a las cantareras, a veinte reales
el carro, antes, ahora (1972) a doscientas pesetas.
Apenas si quedan un par de barreros, el Carpio
Bernardo de la Fuente
Izquierdo- y el Moro Silviano Cañego-, (esto era en 1972). Y se
barrunta que no por mucho tiempo. Bernardo le tomó ley al barro
por la mujer, la Engracia de Vallejo Engracia López Cano-, cantarera
de toda la vida, y que podría seguir siéndolo a tientas,
por estar mal de la vista, pero ello no le impide ayudar al hombre en el
barrero con una fidelidad inquebrantable.
El barrero de Bernardo está en la Casa de las
Burracas, más
allá de la Virgen del Valle, y la hermana Engracia sabe una historieja
según la cual la conversión de San Agustín tuvo lugar
en ella, por ir muy sediento y pedirle agua a la Virgen, la cual tenía
desgastado el brocal de tanto rozarlo con la soga al bajar y subir el cántaro
para sacar agua. El Santo, que entonces no lo era, quedó maravillado
del esfuerzo y tan agradecido de sentir apagada la sed, que decidió
allí mismo renunciar a los placeres mundanos. (San Agustín
y la Virgen del Valle son los patrones del barrio moteño de las
cantarerías).
Los portes han tenido mucha importancia en la Mota por su situación
topográfica, y sus hombres han sido de los que más han andado
por los caminos, aunque no tanto ni con tanta audacia como los villafranqueros.
Cada carro sacado del barrero tiene treinta y seis espuertas, y se calcula
que del carro salen cien cántaros de una arroba de capacidad cada
uno, según la habilidad de la cantarera, pero el cántaro
vacío pesa 7, 8 ó 9 libras.
Dicen que el horno cogía antiguamente cuatrocientos cántaros,
que se decía una parte. La media parte eran doscientos cántaros,
el pico, cien. De cien para atrás, se dice medio pico, que son cincuenta;
un veinticinco la cuarta parte, y tres veinteres, que son sesenta.
Los carros que salían a vender la obra podían ser de siete
o de ocho cántaros sobre el bastidor de los varales. Se cargaban
de tres o cuatro cercos, como la mies, de cántaros y tinajas. El
carro de 8 cántaros y tres mulas, que era el corriente, cargaba
una parte entera entre cántaros, cantarillas y tinajas.
Nadie que no lo haya visto puede creer que en un carro se pueda colocar
esa cantidad de cacharros y que no se rompan, como tampoco es creíble
que se metan en el horno. Son las maravillas de la colocación en
la que los moteños son maestros consumados, trabajando en ella muy
duramente, que cargar un horno o un carro no es para gente enclenque o
de poca sangre. La capacidad del cántaro moteño es de una
arroba. Las vasijas fraccionarias, cantarillas o jarras, son de tres al
cántaro, de cuatro o de dos. En esta forma las pide el hornero cuando
está enhornando, una de tres, una de dos o una grande, según
le conviene al hueco que tiene delante.
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