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Para formar el hogar, el horno lleva por dentro una división
hecha de barro amasado a la altura de unos dos metros, enrasada por dentro
con la lumbrera de la puerta de la caldera. A esta división se le
llama torta del horno y es prácticamente el suelo del mismo. La
torta tiene un grosor aproximado de setenta centímetros y está
salpicada de toberas o lumbreras en número de 20 ó 30, como
de 10 centímetros de luz. Los olleros cargan el horno poniendo una
primera tanda de cangilones o arcabuces boca abajo y sobre ellos la obra
que se trata de cocer, distribuida de tal forma que no se tapen las toberas
y se aproveche el espacio todo lo posible para meter el mayor número
de cacharros. En los hornos de obra grande, de cántaros o tinajas,
se ponen éstos directamente sobre la torta.
Una vez enrasado el horno, por su parte superior, donde lleva una lumbrera,
o se deja al cargarlo si es descubierto, se cubre el total con cascotes
y broza de la que haya alrededor, como se hace en los hornos de yeso y
de la cal con lo menudo de la piedra, formando un promontorio que sobresale
del nivel del horno metro y medio aproximadamente y se le prende calentándolo
poco a poco. Una vez caliente, se le echa orujo de aceituna hasta ponerse
toda la capucha del horno hecha un ascua.
La cocción dura nueve horas y alcanza temperaturas de ochocientos
o mil grados, que se necesitan para fundir el metal utilizado en el baño,
poniéndose todo al rojo vivo. Se le deja enfriar lentamente durante
una noche y al día siguiente se saca. Si en algún punto el
calor no es suficiente, el baño no se corre bien y se dice que el
cacharro se ensucia y se le aparta por no haber logrado la transparencia
del vidrio que tiene el mineral bien fundido.
Estos son los principios comunes del oficio, pero las variaciones o
costumbres son tantas como los lugares de fabricación y clases de
obra fabricada y los pueblos, con esa aguda y penetrante intuición
que los distingue para llamar a las cosas por su nombre, como se ve claramente
en los motes, les dan la denominación más propia en cada
caso. En Consuegra les dicen olleros, y al barrio de los alfares la ollería,
claro y elocuente nombre, que con una sola palabra a nadie puede ofrecer
dudas; como en La Mota las cantareras y en Villarrobledo los tinajeros,
aunque además de ollas, cántaros y tinajas fabriquen toda
clase de vasijas de barro para los usos comunes.
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