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La pasta de la pilanca se traslada al obrador y se amontona en
un extremo, tapándola como en la pilanca para que conserve la humedad
y no se endurezca. De este montón, que lo parece de sebo o manteca
derretidos y enfriados, que siempre es grande, de 20, 30 ó más
quintales, el alfarero va tomando las cantidades que pueda necesitar para
la tarea que se echa, por lo general pellas de 8 ó 10 kilos, y lo
amasa a brazo, como el pan, sobre la mesa de amasar, que es un poyo de
mampostería, embaldosado como la pilanca o sin embaldosar, con una
loncha de piedra en su cara superior.
Este poyo mide metro y cuarto de largo por medio de ancho y algo
más de medio de alto y está adosado a una pared. A veces,
si el barro está muy húmedo, antes de amasarlo lo extienden
sobre la pared en una capa fina sobre una extensión como de un metro
de diámetro, para aumentar la superficie de evaporación y
que se seque un poco. De la pared lo toman para amasarlo.
Todas estas maniobras exigen un perfecto conocimiento del barro
por parte del que lo trabaja, de sus cualidades y punto de cada momento,
como el del panadero en el horno, y el alfarero ducho las distingue sólo
con mirarlo o echarle mano, como el pastor sabe las condiciones de cada
animal que lleva a su cuidado.
Puesto o no en la pared, según se necesite, el alfarero
forma la pella para la tarea y la deposita sobre la mesa de amasar, donde
la hiñe con sus puños hasta que la considera en buen estado
de plasticidad para modelar y la deja sobre el entablado de trabajar, sentándose
él contra la pared, en la que sujeta su cuerpo por detrás
en una tabla un poco inclinada hacia delante, atada con sogueos a los travesaños
del entablado y que lleva encima unos ropones, colocada a la altura suficiente
para que le quede el cuerpo libre sobre el entablado y ejecutar a gusto
las maniobras que necesite.
Como el barro, una vez amasado, se estropea de no utilizarlo,
se procura tomar la cantidad indispensable para la obra a ejecutar y se
termina siempre, dure lo que dure, o se tira lo que sobre; no hay otra
solución.
El alfarero, revestido de largo y ancho mandil de arpillera con
peto que cuelga a su cuello y sujeta a su cintura, toma de la pella una
porción de barro proporcional a la obra pensada y la coloca sobre
la cabecilla, apoya las manos sobre el entablado para afianzarse, sujeta
el pie derecho sobre el rollizo delgado o travesaño que fija las
patas del entablado, y que suele tener cerca del borde posterior, y teniendo
la pierna suelta, como badajo de campana, le da con el pie izquierdo el
primer impulso a la rueda, disponiendo sus manos en hueco con aire sacerdotal,
como ungiendo el barro, para coger la pella que ya gira, con todo el amor
y el cuido que su espíritu creador le dicte, momento singular en
que su inspiración y fino espíritu de observación
se podrán de manifiesto y la humanidad podrá valorar después
si logra, como un dios, darle expresión y vida con sus dedos al
pedazo de barro informe que tiene entre sus manos.
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