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Pues bien, de la tierra o légamo amontonado en el corral, van
llenando el pilón cada vez que lo necesitan.
El pilón es una excavación hecha en el suelo, de algo
más de medio metro de profundidad y dos de diámetro, recrecida
o no en su contorno otro tanto con piedras y barro formando pared recia
en redondo o cuadrada.
La tierra se echa machacada en el pilón lleno de agua y
se le deja empapar, pues, aunque mucho menos, hierve como la cal y el yeso
al apagarlos, que es tomar el agua al hidratarse. A la hora o antes ya
está mojada y se la mueve bien con un par de tablas recias o con
una azada de astil largo llamada batidera, hasta formar un caldo más
bien claro que corra al colarlo. Cuando se le ve bien batido se destapan
los agujeros que comunican el pilón con la pilanca, pasando el caldo
por una especie de reguera o tubo en forma de mangueta que atraviesa la
pared del pilón. La mezcla, que está bien suelta, homogénea,
con agua abundante, formando papilla clara, antes de caer en la pilanca,
que es un recorrido total de un metro aproximadamente, encuentra un filtro
o criba formado por escobas o manojos o juncos, que detienen las impurezas
del barro, sin poder utilizarse albardín, esparto u otras pajas
finas, porque con la liga se forma pared y no cuela.
La pila, algo más refinada que el pilón, a modo
de pequeña alberca de huerta, está embaldosada de ladrillo
basto, de mala calidad y poroso, que permita la filtración, y sus
paredes del mismo ladrillo o de barro, pues el yeso, y menos el cemento,
no son utilizables en el alfar.
El barro colado se aposa pronto en la pilanca, quedando arriba
el agua clara, que se sangra y se pasa a cubos otra vez al pilón,
para ensuciarla de nuevo y hacer nueva papilla, que se cuela como la anterior,
y de este modo se va acumulando en la pilanca hasta que se llena de una
pasta fina, adherente y suave, que es la que se lleva a la habitación
del tabanque para modelar una vez amasada según se va necesitando.
El conjunto de la pasta acumulada en la pilanca se llama pella,
y el exceso de agua que retiene después de la sangría lo
va perdiendo por filtración o por evaporación lentamente
durante el tiempo largo que suele permanecer en la pilanca, tapada como
un tesoro escondido, con arpilleras o esteras.
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