- La Torre de la Cautiva -
fuente: Costumbres Populares Conquenses
Nota
del WebMaster.- El presente texto debe enmarcarse en su época,
por lo que se advertirán posibles frases xenófobas, racistas, etc.
El WebMaster se limita a presentarlo, no identificándose necesariamente con ninguna idea u opinión reflejada en éste.
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Esta preciosa y romántica
leyenda se remonta a la época de la Reconquista de España.
La tradición la sitúa a finales del siglo XII
o principios del XIII.
Entre las frecuentes escaramuzas
de moros y cristianos había intervalos de relativa paz.
Los dominios de ambos estaban
a veces tan cercanos, que había pueblos vecinos de cada bando. Y
aun cuando los cristianos conquistaban pueblos ocupados por moros, quedaban
familias viviendo en el mismo y conviviendo con los conquistadores.
Cada uno seguía su religión
y sus costumbres, si bien solían agruparse en barrios diferentes:
barrio moro y barrio cristiano.
Esto fue muy frecuente en tiempo
de la Reconquista.
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Una tarde, cierta doncella cristiana de noble
alcurnia paseaba a caballo con su dueña por las orillas del Záncara.
Tanto embelesaba a la joven el paisaje, que
sin darse cuenta, llegaron casi a los límites del poblado moro.
Cuando vinieron a apercibirse del peligro que
corrían, los moros se les echaron encima, aprisionando a la doncella,
que gritó a su acompañante:
- ¡Adelante, doña Halda! ¡No
os detengáis...! ¡Estoy cercada! Cuidad a mi anciano padre...
Sus últimas palabras se perdieron en
el viento.
La joven doña Elena fue apresada.
- Buen rescate valdrá - dijo uno de
los que la prendieron -; pues dama principal es.
- Hija única de don Alonso de Mendoza
y de Vergara, dueño de estos contornos.
- La vi presidiendo el último torneo
- replicó otro moro, que llegaba en aquel instante -. Pero creo
que el joven Alí preferirá esta joya a todo el oro que por
ella pudieran ofrecerle.
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Era bien entrada la noche cuando la cautiva,
en medio de poderosa escolta, llegaba a la fortaleza mora. Al día
siguiente la llevaron a presencia del Caíd.
Ya se sabía por todo el castillo lo
referente a la prisión de doña Elena y su deslumbrante belleza
y alcurnia.
El joven Alí, hijo del Caíd,
quiso también verla, y al momento quedó hechizado por la
hermosura de la dama cristiana.
Y así se lo comunicó a su padre,
para que se la diera por esposa.
- Señora - dijo el Caíd -, si
te haces mahometana, te colmaré de honores y riquezas; serás
la dama principal del contorno y te daré por esposo a mi hijo Alí.
- No es posible, señor. En primer lugar,
nunca renegaré de mi fe. Y, además, tengo promesa hecha de
entrar religiosa, porque desde niña me consagré al Señor,
mi Dios.
- ¿Y de qué te valdrá
todo esto, siendo, como eres, mi prisionera ?
- Será lo que Dios disponga...
- Si no aceptas mis honrosas proposiciones,
sabed que entre estos muros morirás. Nadie puede ampararte. Tu anciano
padre murió a raíz de tu cautiverio. No tienes deudos cercanos
que por ti se interesen. Además hice correr la voz de que habías
muerto. Acepta mi proposición.
- No me es posible. Ya os dije, señor.
- Entonces, ¿qué esperas...?
- Lo que Dios disponga.
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Ni ruegos ni amenazas lograron conmover a la
cautiva. Tras las contemplaciones vinieron los malos tratos, hasta que
ya el Caíd, desesperado ante la resistencia de la joven y la tristeza
de Alí, propuso al enamorado:
- Si voluntariamente no quiere ser tu esposa,
tómala como esclava: es tuya.
- De ninguna manera la tomaría contra
su voluntad...
La encerraron en oscura mazmorra; más
Alí intervino y la cambiaron al último piso de la torre.
El joven Alí salió para una empresa
guerrera contra los critianos, y el Caíd mandó se tapiara
la puerta de la prisión, para que así muriera de hambre y
de sed.
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Varios meses habían pasado. Creía
que había llegado su fín. No volvió a ver a nadie.
Solamente tenía comunicación con el aire.
Ya llevaba dos días lapidada. El hambre
que sentía era grande, pero era mayor la sed.
Instintivamente fue a su cántaro, para
ver si quedaban algunas gotas. ¡Oh, prodigio! El cántaro que
estaba vacío lo encontró medio de agua.
Con ansia bebió aquel líquido
milagroso, calculando no beber mucha para que más le durara.
Cayó de rodillas, dando gracias al cielo
por tan magnífico don. Así pasó la tarde: dando gracias
al cielo...
Al amanecer del tercer día oyó
un ruido extraño: era un cuervo, que pugnaba por entrar por entre
los barrotes de su celda, llevando un pan alargado en el pico.
Con inmensa alegría tomó el pan,
regándolo con sus lágrimas al dar gracias a Dios.
Desde aquel día ya no volvieron a faltarle
ni el pan, que todas las mañanas al amanecer le llevaba el cuervo,
ni el cántaro de agua, conservando cada mañana el mismo nivel.
Una tarde, asomada a su venta, vio tropel de
moros acercarse. Creyó reconocer, cuando se acercaban, al joven
Alí, capitaneando las tropas árabes.
Mas en esto, un escuadrón de cristianos
les salieron al encuentro. Suenan añafiles y tambores. Despliegan
los moros el estandarte verde del profeta, donde campea la media luna...
Las cornetas de ataque de los cristianos llaman
a combate.
El estandarte morado de Castilla flota orgulloso
al viento. Sobre él va la insignia de la Santa Cruz.
Se traba un violento combate. Apercibidos los
de la torre, envían refuerzos; pero antes de que llegaran, un ejército
cristiano les cierra el paso, destrozándolos por completo.
Empezaron a replegarse y a defenderse desde
la fortaleza donde estaba doña Elena. Las flechas llovían
por todas partes; pero la cautiva no se apartaba un instante de su atalaya.
Una flecha le atravesó el hombro y cayó
bañada en sangre.
- Señor, mi vida por la victoria de
los cristianos...
Y el Señor la escuchó, porque
el triunfo fue completo...
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Alí, malherido, agonizante, pidió
al jefe cristiano ver por última vez a la cautiva de la torre antes
de morir.
- Nada conseguirás -respondió
un moro de su escolta-. Desde tu marcha, se tapio la puerta de su cárcel
y oí la orden de no volver a llevarle ni agua ni alimento. Después
de tantos meses, bien muerta estará la infeliz.
- Imposible; a un ángel así no
puede haberla abandonado su Dios...
- General cristiano, ya que has vencido, sé
generoso con un moribundo. Déjame ver a la cuativa de la torre antes
de morir.
- Concediodo - dijo el general.
Con el mayor cuidado transportaron a Alí
hasta la misma puerta de la cárcel de la cautiva.
Tiraron el tabique que la interceptaba, oyéndose
unos débiles gemidos. El bello rostro de Alí, ya sellado
con los rastos de l muerte, se iluminó, y un rayo de esperanza animó
el enamorado corazón, acelerando sus latidos.
- ¡Oh, podedoroso Dios de los cristianos!
¡Si la veo viva antes de morir, abrazaré tu religión...!
Abierta la entrada, vieron a la joven, caída
junto a la ventana, bañada en sangre, desvanecida.
-¡Vive! - exclamó Alí gozoso.
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Pasaron dentro de la prisión, incorporaron
a la joven, echándole unas gotas de licor en la boca, y doña
Elena abrió los ojos.
- ¡Gracias, Dios mío! - dijeron
a la vez Ali y la cautiva.
- Reconocí rápidamente a la joven
- dijo el primero que había pasado, que era médio -. No es
de gravedad la herida y curará. Se desvaneció por la pérdida
de sangre, pero curará... Tú estás bastante peor.
- Nada me importa morir, con tal que ella viva.
Y ahora, oídme todos. Sé que me quedan poco tiempo de vida.
Veo claramente que encontrar viva a doña Elena es un milagro, un
prodigio, que sólo Dios puede hacerlo. Ninguna criatura viviría,
después de varios meses lapidada. "¡Creo en el Dios de los
cristianos...!"
- Querido hermano Alí, mis ruegos han
sido constantes por vuestra conversión...
- ¿Cómo has sobrevivido...?
- Un cuervo me ha traído diariamente
un pan a mi celda. Y el cántaro ha conservado el mismo nivel de
agua. Ya veis: me alimentó la Providencia.
- Antes de morir quisiera ser cristiano. Así
me podré reunir contigo en la otra vida, ya que no ha podido ser
en ésta.
- Sea - dijo la cautiva, viendo que se moría.
- No hay ningún sacerdote - dijeron
los vencedores.
- Yo misma lo bautizaré - dijo doña
Elena -. ¿Qué nombre queréis, Alí?
- El de tu ser más querido.
- Entonces, como mi padre.
Y doña Elena, derramando el agua en
forma de cruz sobre la cabeza del moribundo, pronunció las palabras
textuales ante aquella multitud:
- Yo te bautizo, Alfonso, en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Instantes después, con una sonrisa celestial,
su alma volaba al Cielo.
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Solemnes exequias se hicieron por el alma del
hijo del Caíd, muerto cristiano.
Se le dio honrosa sepultura. Y el epitafio
que se le puso en su tumba fue:
"El valiente capitán Alí, subió
al cielo por la mano de un ángel."
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Doña Elena profesó en un convento.
No dice más la leyenda.
Lo único que se ha conservado y perpetuado
en la memoria popular es que al conquistar la plaza de La Mota los cristianos,
por mucho tiempo se llamó al edificio donde estuvo prisionera doña
Elena, "La torre de la cautiva". Y al pueblo de La Mota se
le agregó "del Cuervo", en recuerdo de la oscura avecilla
que diariamente llevó al amanecer durante varios meses, un poco
de pan a la cautiva.
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