La paz duradera es premisa y requisito para el ejercicio de todos
los derechos y deberes humanos. No la paz del silencio, de los
hombres y mujeres silenciosos, silenciados. La paz de la libertad
-y por tanto de leyes justas-, de la alegría, de la igualdad,
de la solidaridad, donde todos los ciudadanos cuentan, conviven,
comparten.
Paz, desarrollo y democracia forman un triángulo interactivo.
Los tres se requieren mutuamente. Sin democracia no hay desarrollo
duradero: las disparidades se hacen insostenibles y se desemboca
en la imposición y el dominio.
En 1995, quincuagésimo aniversario de las Naciones Unidas
y de la UNESCO, Año Internacional de la Tolerancia, recordamos
con especial énfasis que sólo en la medida en que
nos esforcemos cotidianamente en conocer mejor a los demás
- el otro soy yo!- y en respetarlos, conseguiremos
tratar en sus orígenes la marginación, la indiferencia,
el rencor, la animadversión. Sólo así lograremos
romper el círculo vicioso que conduce a la afrenta, al
enfrentamiento y al uso de la fuerza.
Es preciso identificar las raíces de los problemas globales
y esforzarnos, con medidas imaginativas y perseverantes, en atajar
los conflictos en sus inicios. Mejor aún es prevenirlos.
La prevención es la victoria que está a la altura
de las facultades distintivas de la condición humana. Saber
para prever. Prever para prevenir. Actuar a tiempo, con decisión
y coraje, sabiendo que la prevención sólo se ve
cuando fracasa. La paz, la salud, la normalidad, no son noticia.
Tendremos que procurar hacer más patentes estos intangibles,
estos triunfos que pasan inadvertidos.
La renuncia generalizada a la violencia requiere el compromiso
de toda la sociedad. No son temas de gobierno sino de Estado;
no de unos mandatarios, sino de la sociedad en su conjunto (civil,
militar, eclesiástica). La movilización que se precisa
con urgencia para, en dos o tres años, pasar de una cultura
de guerra a una cultura de paz, exige la cooperación de
todos. Para cambiar, el mundo necesita a todo el mundo. Es necesario
un nuevo enfoque de la seguridad a escala mundial, regional y
nacional. Las fuerzas armadas deben ser garantía de la
estabilidad democrática y de la protección ciudadana,
porque no puede transitarse de sistemas de seguridad total y libertad
nula, a otros de libertad total y seguridad nula. Los ministerios
de guerra y de defensa han de convertirse progresivamente en ministerios
de la paz.
Las situaciones de emergencia deben tratarse con procedimientos
de toma de decisión y de acción diseñados
especialmente para asegurar rapidez, coordinación y eficacia.
Estamos preparados para guerras improbables, con gran despliegue
de aparatos costosísimos, mas no lo estamos para avizorar
y mitigar las catástrofes naturales o provocadas, que de
forma recurrente nos afectan. Estamos desprotegidos frente a las
inclemencias del tiempo, frente a los avatares de la naturaleza.
La protección ciudadana aparece hoy como una de las grandes
tareas de la sociedad en su conjunto, si queremos de veras consolidar
un marco de convivencia genuinamente democrática. Invertir
en medios de socorro y asistencia urgente, pero también
-y sobre todo- en la prevención y el largo plazo (por ejemplo,
en redes de conducción y almacenamiento de agua a escala
continental) sería estar preparados para la paz. Para vivir
en paz. Ahora estamos preparados para la guerra eventual. Para
vivir sobrecogidos e indefensos en nuestra existencia cotidiana
ante percances de toda índole.
El sistema de las Naciones Unidas deberá dotarse también
de la capacidad de reacción y los dispositivos apropiados
para que no se repitan atrocidades y genocidios como los que remuerden
nuestra conciencia colectiva: Camboya, Bosnia-Herzegovina, Liberia,
Somalia, Rwanda...
Existe hoy un deseo generalizado de paz y debemos aplaudir la
lucidez y la fortaleza de espíritu de que han hecho gala
todas las partes en litigio, en los acuerdos alcanzados en El
Salvador, Namibia, Mozambique, Angola, Africa del Sur, Guatemala,
Filipinas. Estos pactos nos llenan de esperanza y de tristeza
a la vez, cuando pensamos en las vidas inmoladas en el largo camino
hacia el alto al fuego. Y en las heridas abiertas, difíciles
de restañar. Pedimos por tanto que, al tiempo que reavivamos
la construcción de la paz en la mente de los hombres,
se decidan los contendientes que todavía confían
en la fuerza de las armas, a deponerlas y a disponerse a la reconciliación.
No basta con la denuncia. Es tiempo de acción. No basta
con conocer, escandalizados, el número de niños
explotados sexual o laboralmente, el número de refugiados
o de hambrientos. Se trata de reaccionar, cada uno en la
medida de sus posibilidades. No hay que contemplar solamente lo
que hace el gobierno. Tenemos que desprendernos de una parte de
lo nuestro. Hay que dar. Hay que darse. No
imponer más modelos de desarrollo ni de vida. El derecho
a la paz, a vivir en paz, implica cesar en la creencia
de que unos son los virtuosos y acertados, y otros los errados;
unos los generosos en todo y otros los menesterosos en todo.
Es evidente que no puede pagarse simultáneamente el precio
de la guerra y el de la paz. Garantizar a todos los seres
humanos la educación a lo largo de toda la vida permitiría:
regular el crecimiento demográfico, mejorar la calidad
de vida, aumentar la participación ciudadana, disminuir
los flujos migratorios, reducir las diferencias distributivas,
afirmar las identidades culturales, impedir la erosión
del medio ambiente, con cambios muy sustanciales en los hábitos
energéticos, en el transporte urbano; favorecer el desarrollo
endógeno y la transferencia de conocimientos; impulsar
el funcionamiento rápido y eficaz de la justicia, con apropiados
mecanismos de concertación internacional; dotar al sistema
de las Naciones Unidas de las facultades apropiadas para abordar
a tiempo asuntos transnacionales... Nada de esto puede realizarse
en un contexto de guerra. Habrá, pues, que rebajar las
inversiones en armas y destrucción para aumentar las inversiones
en la construcción de la paz.
Cima de tradiciones, pensamientos, lenguas y formas de expresión,
recuerdos, olvidos, anhelos, sueños, experiencias, rechazos,
... la suprema expresión de la cultura es el comportamiento
cotidiano. La infinita diversidad cultural es nuestra gran riqueza,
unida en apretada espiga -nuestra fuerza- por unos valores universales
que deben transmitirse desde la cuna a lo largo de toda la existencia.
Familiares -las madres, sobre todo- maestros y profesores, medios
de comunicación... todos deben contribuir a la difusión
de principios éticos, de universales pautas de referencia,
tan necesarias hoy para los desprovistos como para los saciados.
Aquéllos, porque tienen derecho a colmar los mínimos
vitales que la dignidad humana exige. Los más favorecidos,
porque los bienes materiales no producen el gozo previsto. La
posesión no trae consigo el disfrute, cuando no se ha soñado.
En docencia, los instrumentos son convenientes. Pero nada puede
sustituir la palabra amiga del maestro, la caricia y la sonrisa
de los padres. No hay más pedagogía, en fin de cuentas,
que la del ejemplo. Y la del amor.
El aprendizaje sin fronteras -geográficas, de edad, de
lengua- puede contribuir a cambiar el mundo, eliminando o reduciendo
las múltiples barreras que hoy se oponen al acceso de todos
al conocimiento y la educación. La educación debe
contribuir al fortalecimiento, rescate y desarrollo de la cultura
e identidad de los pueblos.
La mundialización implica un peligro de uniformidad y aviva
la tentación del repliegue y de la fortaleza alrededor
de un sentimiento de cualquier índole (religioso, ideológico,
cultural, nacionalista) Ante esta amenaza, debemos hacer
hincapié en las modalidades de aprendizaje y de pensamiento
crítico que permiten a las personas comprender las transformaciones
que ocurren en su entorno, generar nuevos conocimientos y modular
su propio destino. Los pueblos indígenas deben vivir
en condiciones de igualdad con otras culturas, participando plenamente
en la elaboración y puesta en práctica de las leyes.
Paz significa diversidad, significa mezcla -de culturas
mestizas y peregrinas, en decir de Carlos Fuentes-, significa
sociedades pluriétnicas y plurilingües. La paz no
es una abstracción: posee un profundo contenido cultural,
político, social y económico.
Sobre todo, esta transformación profunda desde la opresión
y el confinamiento a la apertura y la generosidad, esta mutación
centrada en conjugar todos cada día el verbo compartir
-clave de un futuro diferente- no podrá realizarse sin
la juventud. Y, menos aún, a sus espaldas. A ellos,
que son nuestra esperanza, que nos interpelan y que buscan en
nosotros y en instancias externas las respuestas a sus incertidumbres
e inquietudes, tendremos que decirles que en sí mismos
han de hallar toda explicación, que en el interior de cada
uno encontrarán la motivación y el atisbo de luz
que persiguen. Aunque a veces nos parezca -ante su consternación
y la nuestra- muy difícil de plantear en estos términos,
nuestra actitud de aprendices-educadores permanentes debe llevarnos
a decirles, como en el poema de Kavafis: Itaca te dio ya
la travesía; y no puede darte más. Según
su propio diseño. Según sus reflexiones. Sin interesadas
injerencias foráneas, especialmente cuando les sustraen
este hondo pozo personal, este intelecto, este talento,
este ingenio que es el mayor tesoro individual y colectivo de
la humanidad. Las sectas y la adicción a las drogas para
la evasión, son los síntomas más certeros
de esta patología anímica que hoy es el gran problema
humano. Educación significa, precisamente, activar este
potencial inmenso, permitir su pleno uso para ser cada uno dueño
y artífice de su propio destino. No podemos dar a la juventud
lo que ya no tenemos como edad, pero sí lo que acumulamos
como experiencia, que es la suma de fracasos y éxitos,
de un vuelo que lleva en las alas el peso, la alegría,
el dolor, la perplejidad, el estímulo renovado de cada
instante.
¡Si la juventud hiciera suya la bandera de la paz y la justicia!
Considero que es tan relevante para el cabal cumplimiento de nuestra
misión, que he propuesto a la Conferencia General como
tema central de reflexión de su próxima reunión
La UNESCO y los jóvenes . Será una buena
ocasión, porque la Conferencia General considerará
para aprobación la Declaración sobre la protección
de las generaciones venideras.
Todas las conferencias de Naciones Unidas han coincidido en proclamar,
sea cual sea el tema abordado (medio ambiente, población,
desarrollo social, derechos humanos y democracia, mujer, vivienda)
que la educación es la clave para esta perentoria
inflexión del rumbo actual del mundo, que agranda la distancia
que nos separa en bienes materiales y en saberes, en lugar de
estrecharla. Invertir en educación no es tan sólo
atender un derecho fundamental sino construir la paz y el progreso
de los pueblos. Educación para todos, por todos, durante
toda la vida: este es el gran desafío. Desafío
que no admite dilaciones. Cada niño es el más importante
patrimonio a salvaguardar. A veces, da la impresión de
que la UNESCO sólo se afana en conservar monumentos de
piedra o espacios naturales. No es cierto. Esto es lo más
visible. Lo menos vulnerable. Pero debemos proteger toda la herencia:
el patrimonio espiritual, intangible, frágil. El patrimonio
genético de octubre de 1997. Y, muy particularmente, el
ético. Estos valores esenciales, universales, que nuestra
Constitución establece con tan inspirada claridad. Si de
verdad creemos que cada niño es nuestro niño, entonces
tenemos que cambiar radicalmente los puntos de referencia de la
globalización actual. Y el rostro humano debe
aparecer como destinatario y protagonista de toda política
y toda estrategia.
Un sistema se hundió en 1989 porque, basado en la igualdad,
se olvidó de la libertad. El sistema presente, basado en
la libertad, correrá igual suerte si se olvida de la igualdad.
Y de la solidaridad. El estrépito de la caída del
telón de acero ha impedido escuchar el temblor
que recorre los cimientos del mundo vencedor de la
Guerra Fría. Tenemos pues, por virtud y por interés,
que redoblar en todos los ámbitos la lucha contra la exclusión
y la marginalización. Todos deben sentirse implicados.
Todos deben contribuir a facilitar la gran transición desde
la razón de la fuerza a la fuerza de la razón; de
la opresión al diálogo; del aislamiento a la interacción
y la convivencia pacífica. Pero, primero, vivir. Y dar
sentido a la vida. Erradicar la violencia: he aquí nuestra
resolución. Evitar la violencia y la imposición
yendo, como antes indicaba, a las fuentes mismas del rencor, la
radicalización, el dogmatismo, el fatalismo. La pobreza,
la ignorancia, la discriminación, la exclusión...
son formas de violencia que pueden conducir -aunque no la justifiquen
nunca- a la agresión, al uso de la fuerza, a la acción
fratricida.
Una conciencia de paz -para la convivencia, para la ciencia y
sus aplicaciones- no se genera de la noche a la mañana
ni se impone por decreto. Se va fraguando en el regreso -después
de la decepción del materialismo y del servilismo al mercado-
a la libertad de pensar y actuar, sin fingimientos, a la austeridad,
a la fuerza indomable del espíritu, clave para la paz y
para la guerra, como establecieron los fundadores de la UNESCO.
La ciencia siempre es positiva. Pero no lo son siempre sus aplicaciones.
Los avances de la técnica y del conocimiento pueden servir
para enriquecer o para empobrecer la vida de los seres humanos;
pueden ayudarles a desplegar su identidad y a multiplicar su capacidad
o, por el contrario, pueden usarse para usurpar la personalidad
y embrutecer el talento humano. Sólo la conciencia, que
es responsabilidad -y por ello es ética y es moral- puede
dar buen uso a los artefactos de la razón. La conciencia
debe alcanzar y conducir a la razón. A la ética
de la responsabilidad es preciso añadirle una ética
de la convicción, de la voluntad. La primera surge del
saber y del conocimiento; la segunda de la pasión, de la
compasión, de la sabiduría.
Terminamos, pues, un siglo de fantásticos avances científicos
y tecnológicos: conocemos y tratamos muchas enfermedades
que son causa de sufrimiento y muerte; nos comunicamos con una
nitidez y celeridad extraordinarias; tenemos a nuestra disposición
la información instantánea y sin límites.
Pero los antibióticos y los medios de telecomunicación
no pueden ocultar las sangrientas luchas que han diezmado millones
de vidas en flor, que han infligido sufrimientos indescriptibles
a tantos y tantos inocentes. Todas las perversidades de la guerra,
tan patentes hoy gracias a los aparatos audiovisuales, no parecen
capaces de detener la gigantesca maquinaria bélica puesta
en pie y alimentada durante siglos y siglos. Corresponde a las
generaciones presentes la casi imposible tarea bíblica
de transformar las lanzas en arados y transitar desde
un instinto de guerra -forjado desde el origen de los tiempos-
a una conciencia de paz. Sería el mejor y más noble
acto que la aldea global podría realizar. El
mejor obsequio a nuestros descendientes. ¡Con qué
satisfacción y alivio podríamos mirar a los ojos
de nuestros hijos! Sería también la mejor celebración
del quincuagésimo aniversario de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, que se efectuará en
1998.
Otros derechos se han incorporado a partir de 1948.
Debemos tenerlos todos en cuenta. Y debemos añadir el que
los condiciona a todos: el derecho a la paz, ¡el derecho
a vivir en paz! Este derecho a nuestra soberanía
personal, al respeto a la vida y a su dignidad.
¡Los derechos humanos! En los albores de un nuevo milenio,
ésta debe ser nuestra utopía: ponerlos en práctica,
completarlos, vivirlos, re-vivirlos, re-avivarlos cada amanecer!
Ninguna nación, institución o persona debe sentirse
autorizada a poseer y representar los derechos humanos ni menos
aun a otorgar credenciales a los demás. Los derechos humanos
no se tienen ni se ofrecen, sino que se conquistan y se merecen
cada día. Tampoco deben considerarse una abstracción,
sino pautas concretas de acción que deben incorporarse
a la vida de todos los hombres y las mujeres, y a las leyes de
cada país. Traduzcamos la Declaración a todos los
idiomas; hagamos que figure en todas las aulas; en todas las casas;
en todos los rincones del mundo! Así la utopía de
hoy, será feliz realidad mañana! Aprender a conocer,
a hacer, a ser y a convivir!
En estos primeros días del año -días de balance
y de proyectos- hago un llamamiento a todas las familias, a los
educadores, a los religiosos, a los parlamentarios, políticos,
artistas, intelectuales, científicos, artesanos, periodistas;
a todas las asociaciones humanitarias, deportivas, culturales;
a los medios de comunicación, para que difundan por doquier
un mensaje de tolerancia, de no violencia, de paz y de justicia.
Para que fomenten actitudes de comprensión, de desprendimiento,
de solidaridad; para que, con mayor memoria del futuro que del
pasado, sepamos mirar juntos hacia adelante y construyamos así,
en condiciones adversas y en terrenos inhóspitos, un porvenir
de paz, derecho fundamental, premisa. Y así, Nosotros,
los pueblos, habríamos cumplido la promesa que hicimos
en 1945, con las más abominables imágenes de la
terrible contienda que acababa de concluir doliéndonos
en la retina: evitar el horror de la guerra a nuestros descendientes,
construyendo los baluartes de la paz en el espíritu
de todos los pobladores de la Tierra.
Federico Mayor
Enero de 1997